miércoles, 2 de mayo de 2012

El crimen de Regina Martínez, la gota que derramó el vaso


De interés público
Emilio Cárdenas Escobosa

El artero crimen de la corresponsal del semanario Proceso dio paso a una oleada de indignación y de reclamo en Veracruz, en el país e incluso en el extranjero, que ha puesto contra la pared al gobierno estatal.
La presión de los directivos de la revista, de organizaciones internacionales y nacionales de periodistas, de defensa de los derechos humanos, de académicos, investigadores, columnistas y periodistas nacionales y locales, de múltiples voces que se han alzado por la voz de una reportera que fue violentamente acallada, configuran un reto mayúsculo para la administración de Javier Duarte de Ochoa.
Apostar al olvido o a la fabricación de culpables será muy difícil, cuando no imposible.
Con Regina suman cinco los periodistas que han sido privados de la vida en nuestro estado durante el gobierno del cordobés. Y hasta ahora no se ha dado con el paradero de los asesinos de ninguno de los comunicadores victimados. No se ha hecho justicia y la impunidad ha sido la norma.
La coadyuvancia de la Procuraduría General de la República en las indagatorias puede quizá agilizar las pesquisas. Ojalá así ocurra y tengamos resultados concretos y, lo más importante, creíbles.
Toda muerte duele, pero la de una reportera en toda la extensión de la palabra, de una mujer como Regina, seria, profesional, honesta e incorruptible, que supo ganarse el respeto y la admiración de quienes la conocimos, duele más.
Como duele e indigna que la información de su asesinato merezca mayor atención en medios nacionales y extranjeros que en la prensa local. Baste ver como la gran mayoría de medios impresos de la entidad relegaron la nota a sus secciones policiacas y es evidente que les urge sacar el tema de sus ediciones o concretarse a reproducir boletines de prensa. Y los apuros de sus dueños, como de los editores de medios, columnistas o redactores a sueldo, obedecen, a no dudarlo, a la presión de la oficina de comunicación social del gobierno estatal.
No obstante, este enésimo hecho violento hizo añicos el espejo que quisieron construir con la publicidad oficial. Si creían que la versión del Veracruz seguro ya estaba instalada en el imaginario colectivo hoy pueden ver la inutilidad de lo gastado. En la prensa nacional e internacional, en la televisión, en los programas de radio, en portales de internet, en las redes sociales, y lo peor para ellos, en la conversación cotidiana, en los hogares, en las escuelas, en las plazas y en las propias oficinas burocráticas, la condena hacia la situación de inseguridad y las declaraciones gubernamentales que la niegan, son notables.
La magnitud del crimen de Regina Martínez como la prevalencia de la violencia, las ejecuciones, los secuestros, las extorsiones y el clima de incertidumbre y miedo en el que se vive, pese a los aparatosos operativos de vigilancia de las fuerzas armadas o policiales, ya son inocultables. Pueden, desde luego, pretender seguir instalados en el aquí no pasa nada, pero la crisis de credibilidad que enfrentan es enorme.
Ahora el gran problema que tienen es que asesinaron a una querida y respetada periodista, corresponsal del semanario de investigación más prestigiada e influyente de México, la revista Proceso. La indignación de sus directivos, con el legendario periodista Julio Scherer al frente, pone cuesta arriba la posibilidad de que este caso quede en el olvido. Ya adelantaron su posición en un editorial en su página web luego de reunirse con el gobernador Duarte al día siguiente del asesinato: no les creemos.
Habrá que esperar detalles trascendentes del caso en las próximas ediciones de Proceso y desde luego que sería inaudito que algún oficioso quiera quedar bien con el mandatario estatal incautando los ejemplares en los puestos de periódicos, como lo han hecho ya en un par de ocasiones al menos, cuando en la revista se publicaron reportajes incómodos al gobierno o a personajes políticos de dudosa reputación.
Que la presión del semanario, de la prensa libre, de voces independientes, de analistas y formadores de opinión, de todas y todos quienes no se conforman con el deplorable estado de cosas en nuestro estado y con la irracional violencia que hace del periodismo el oficio más peligroso, sirvan para que se haga justicia en este proditorio crimen y en todos los casos que han enlutado hogares de comunicadores y de ciudadanos veracruzanos.
Como la buena reportera que fue, la acuciosa investigadora que conocimos y admiramos, Regina no descansaría hasta revelarnos detalles de lo sucedido, del curso de las indagatorias, de las contradicciones o silencios de las autoridades, de las inconsistencias del trabajo ministerial. Ella ya no podrá hacerlo. Para honrar su memoria es lo menos que la prensa veracruzana puede y debe hacer.
La actuación del gobierno de Veracruz en este caso está bajo la lupa. Con Proceso se han topado.
Que tu muerte no quede impune, querida Regina.


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