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martes, 25 de julio de 2017

Los que cazan cazadores

Abracadabra
Yuri Alejandra Cárdenas Moreno

Yuri Cárdenas
Este fin de semana una noticia llegó a mis ojos sobre el suicidio de Mel Capitán, una joven española de 27 años, aficionada a  la caza, quien decidió quitarse la vida en medio de una crisis de acoso y agresiones que ella y su familia sufrían por parte de grupos de animalistas que se oponían a su actividad y no le dieron cuartel ni siquiera estando ya fuera de este mundo.
Porque, la  noticia en sí -suicidas diarios- no era lo que llamó mi atención, sino todos los comentarios que se podían leer tanto en la noticia que me enganchó al caso, como en sus redes sociales y en los foros que trataron esta noticia en general.
Comentarios de alegría por su muerte, pidiendo que se exponga su cabeza en alguna sala de trofeos y en las redes sociales, deseando que se estuviera pudriendo en el infierno, por mencionar los más benévolos. El encono y la saña con la que tantas persona se unieron para festejar la muerte de una persona verdaderamente son escalofriantes.
Y sin detenerse ahí, la noticia dio pie a los peores intercambios de insultos entre quienes festejaban su muerte, quienes defendían a la joven y su deporte, y quienes, como yo, simplemente no podían concebir aquella escena lamentable.
Pudiera reflexionar decenas de páginas sobre este tema, pero quiero reducir mi opinión a un par de asuntos.
Mel Capitán era cazadora de ocio. No cazaba animales para sobrevivir, como lo hacen las tribus de Alaska, ni para alimentarse ni para cubrirse con pieles del frío inclemente. Ella no carecía de recursos como para excusar su actividad en un lucro que le permitiese subsistir. Ella no pertenecía a ninguna industria de consumo animal de cualquier tipo, no era parte de su trabajo diario el salir a matar animales.
Mel asesinaba ciervos que veía pacíficamente en el bosque sólo para exponer sus cuerpos sin vida en una fotografía que colgaba en las redes. Mel era cruel y sádica, si tratamos de explicar psicológicamente su naturaleza.
En resumen, desde mi postura, y recalco, mi postura muy personal, esta chica era una persona que hacía mal, que estaba equivocada y que además se vanagloriaba de lo que hacía. Pero eso no me hace alegrarme de que haya decidido quitarse la vida. Tampoco me entristece, no seamos hipócritas, porque a diarios vemos noticias de niños muertos en Siria, y no pasamos el día deprimidos, somos capaces de reír y comer y no prestarle atención a ese y miles de sufrimientos en el mundo.
Pero si algo debe quedar claro, es que con todo y todo, yo no soy quien para ir y colocar un mensaje de odio profundo, de festejo y de dicha por su muerte, ni en las redes, ni en los foros ni en las inmediaciones de su casa, o la de su familia.
Esto me lleva a una reflexión sobre ese grupo de la sociedad llamado animalista, y se que corro el riesgo de que algunos salten y me insulten, o incluso traten de averiguar donde vivo para venir y acosarme.
Porque le pasó a Mel, y porque le pasa a cualquier persona que se atreve a disentir con los totalitarismos modernos. Sin embargo, quiero dejar en claro una diferencia entre lo que es un animalista de verdad, y un falso animalista.
Los animalistas son todos esos individuos que defienden y dedican su vida a la protección de la vida animal y su medio ambiente. Los podemos encontrar en los refugios o perreras cuidando perros y gatos, los hallamos en grupos de FB promoviendo la adopción responsable, los hallamos en asociaciones civiles levantando firmas con peticiones, y son los que reportan cualquier maltrato de  la vida animal doméstica o silvestre ante las autoridades, los que organizan recaudaciones de fondos para ayudar a que los animales callejeros encuentren un hogar donde se les cuide bien, son los que intentan sabotear las actividades de caza de ballenas, de  rinocerontes; esos que incluso han muerto víctimas de las mafias en el mercado negro que trafica con especies en peligro de extinción.
La verdad es que los animalistas hacen mucho bien al mundo, y todos deberíamos serlo. Pero como todo en este mundo, hay un delgado límite entre el ser, hacer y parecer.
Ya describí lo que es un animalista. Ahora voy a describir lo que es un falso animalista.
Un falso animalista es el que sigue todos los grupos de amigos de los animales en las redes sociales pero jamás asiste a sus eventos ni coopera con sus causas, ese que tiene una foto de perfil con su perro, pero lo tiene todo el día abandonado en la azotea, viviendo entre sus desechos y las moscas.
Un falso animalista es el que da su vida por los animales pero desprecia a su propia especie, y es malo con sus vecinos, grosero, agresivo, antipático.
Un falso animalista es el que insulta con las palabras más soeces a quien no comulga con sus ideologías, y que es capaz de violentar a otro ser humano con tal de “castigar” una injusticia con otra peor.
Como seres humanos que somos, reyes de la creación, animales racionales, la verdad es que somos la especie más ridículamente predadora y autodestructiva. No sabemos siquiera respetarnos entre nosotros, dialogar, escuchar y entender. ¿Qué podríamos ofrecerle a nuestro mundo así? Solo  muerte y miseria como hasta ahora.
Señores animalistas, qué bueno que cuiden a los animalitos, qué bueno que sean tan sensibles a otras formas de vida. Pero, les recuerdo que el vecino también es una forma de vida, y esa chica cazadora era una persona, y si estaba equivocada, a lo mejor deberíamos ponernos a pensar si era ella la culpable o el sistema en el que creció, ella y sus padres y sus abuelos.
Antes de apuntar el dedo a alguien para culparlo de las desgracias del mundo, detengámonos a pensar si no somos todos un poquito responsables del estado de las cosas. 
Y hago un paréntesis aquí. Toda esa gente mala que existe en el mundo -violadores, asesinos, corruptos, etc- merecen ser encerrados, y merecen ser juzgados por la sociedad y el gobierno, merecen un castigo, pero eso no quiere decir que para hacer justicia vamos a comportarnos como salvajes y a reducirnos a su nivel de violencia.
Eso sólo probaría que todos somos iguales, que sólo necesitamos un motivo, una excusa, para dejar de lado nuestros valores y destruir, despedazar vidas humanas. Tenemos que ser mejores que eso, si no ¿cómo exigir un mundo mejor?
La caza existe porque existen los vendedores y compradores de rifles y armas -esas sí, abominaciones del hombre-, existe el toreo porque existen los patrocinadores, y los vendedores de boletos, y los organizadores y los asistentes a las corridas de toros; existe la guerra porque existen los intereses de las naciones y las ambiciones de unos cuantos empresarios y políticos, y esos empresarios y políticos llegaron hasta donde están sentados porque hubo gente que los impulsó a llegar a esos sitios.
Hubo quien los votó, quien los eligió, quien les compró sus productos. Entonces ¿sólo el cazador que tira del gatillo tiene la culpa? ¿Sólo el torero  que clava la banderilla? ¿Sólo el ladrón que robó a un transeunte? 
E incluso en el terreno del intercambio de ideas, de quienes opinan sobre todas estas cuestiones, ¿por qué insultar para probar un argumento? ¿qué tiene que ver mi postura política con que me llamen puta, pendeja, o gorda? ¿Eso es civilizado? ¿Así se demuestra quien es la mejor persona? Si odiarnos entre nosotros creemos que es la solución para los problemas del mundo, pues estamos  perdidos. 
Además, creo que demasiadas cosas hay ya para que la mitad de la humanidad pase su día entero insultándose unos a otros en algo tan vacío y estúpido como un foro de Facebook. 
Esta y otras noticias similares que sólo sirven de alimento para los intercambios de insultos, son las razones por las que decidí a partir de hoy dedicarle el mínimo de mi tiempo a las redes sociales y el máximo a volver a escribir, a estudiar, a leer, a tocar un instrumento musical.
Porque cada vez y siendo víctima de ello, me doy más cuenta que las redes sociales no sólo son un vicio inocente o un pasatiempo, como el famoso Candy Crush. No, las redes sociales son la nueva cuna de los odios modernos, de la creación de sectas, de los totalitarismos y de las intolerancias.
Ahora la gente cree que insultar al otro en Facebook significa ser un buen “lo que sea” (animalista, feminista, de izquierda, cristiano, intelectual). Y creen que ya cumplieron con su misión en la vida con pasar dos, tres, cuatro, ocho horas al día leyendo noticias y peleando en los foros, o dándole like a los memes, cuando que eso no puede estar más lejos de lo que es la vida real,  el mundo. 
¿Quiere usted ser animalista? Sálgase de la computadora y vaya a la calle a rescatar perros, y no insulte a quien no lo haga, hágalo usted, y enseñe a sus hijos, hermanos, primos, amigos y vecinos a hacerlo, enseñe con el ejemplo, con humildad y con paciencia, no con violencia, ni con orgullo.
¿Quiere usted amar a Dios en una Iglesia? Pues ámelo y sea bueno, sea decente, y predique la palabra de su Dios con el ejemplo,  y no mire con menosprecio a quien no crea en un Dios. 
Y si usted es de esos que no creen en nada, no se sienta mejor o superior que quien va a una Iglesia, sea usted tan listo como dice que es y respete, y entienda que cada persona y sus circunstancias son distintas, no sea soberbio porque así sólo demuestra su ignorancia.
Y si es usted activista político, pues el nombre lo dice, actívese y váyase a su partido o su cabildo y exija, y sacrifique también su tiempo, su comodidad para lograr sus objetivos.
El mal no se va a erradicar del mundo haciendo más mal o quedándonos todos en casa viendo memes. Se va a erradicar trabajando, día y noche, por muchos siglos, todas las sociedades, en educar a nuestros ciudadanos, aprendiendo de nuevo lo que es el esfuerzo, el compromiso, el sudor y la paciencia, y lo que es el amor por todas las cosas, hasta las más simples como un ratoncillo o un árbol.
Nuestra tecnología capaz de salvar vidas no debería ser usada para crear armas químicas. Nuestras religiones capaz de redimir y educar en la moralidad a tanta gente, no deberían servir para violentar y perseguir y matar en su nombre.
Nuestra política capaz de resolver conflictos, de unir esfuerzos para salvar el planeta, no debería servir para separarnos aún más y dividirnos y atacarnos.
Las redes sociales y la internet, capaces de abrirnos los ojos a todo un mundo de conocimiento y personas nuevas que están ahí afuera, no deberían servir para insultarnos, o acosarnos, o pervertirnos. ¿Por qué convertir en odio y en violencia todo lo que tocamos?
No lo se, pero la respuesta está allá afuera en una vida de aventura y armonía, y no en las redes, en una vida de frustración y odio. 

yurcamo@hotmail.com

jueves, 10 de noviembre de 2016

El saldo

Yuri Alejandra Cárdenas Moreno
Abracadabra 

Esto se acaba en un mes. Doce años de esclavitud, como el título de aquella película. Dos sexenios de gobierno en Veracruz en los que se perdió el rumbo, en los que se perdió la fe, la confianza y la tranquilidad. 
Ya se habla tanto de este tema en estos últimos días, que me parecía ocioso agregarle un puñado más de palabras a la montaña de opiniones acerca de este Titanic moderno que es nuestro Estado. 
Sin embargo, quiero hacerlo sencillamente, porque hay que hacerlo. Porque toda persona con voz que habita en este lugar debería hacerlo. Fue demasiado el saqueo, demasiado el cinismo y el dolo. Fue demasiado.
Esto se acaba en un mes pero el saldo es grande, grande e impagable. Aunque el prófugo Javier Duarte apareciera esta tarde y devolviera todo el dinero que se llevó, jamás podrá devolver la confianza del pueblo de Veracruz en su gobierno, ya no podrá devolver estos años en los que la gente vivió con miedo, sin poder salir de casa, sin poder hacer planes para el futuro, porque no había ni seguridad ni liquidez. Javier Duarte y su antecesor jamás podrán devolver a los hijos desaparecidos, a los muertos, a los quemados en fosas, a los torturados. Jamás podrán resarcir el daño hecho a las familias. 
Lo hecho, hecho está, aunque su partido lo expulse muy indignado, aunque la PGR lo busque en todos los rincones del país, aunque pase el resto de sus días en una prisión –sueño guajiro- nada de eso va a poder regresarle a Veracruz, por lo menos en varias décadas, lo que alguna vez fue y lo que alguna vez tuvo. 
¿Qué es lo que queda por hacer, por decir? ¿Realmente se aprendió la lección? Pareciera que los resultados de los comicios del pasado 5 de junio nos hablan de un cambio en la mentalidad colectiva. “Hasta aquí, no más.”. Pero creo, en mi humilde opinión, que eso no es suficiente.
Esto se acaba en un mes, y lo que sigue será bueno sólo si nosotros procuramos que así sea. Ninguna nueva administración posee la varita mágica del bienestar para devolvernos nuestra paz y darnos riquezas. 
Se puede decir que Veracruz está el día de hoy, como alguna vez estuvo el Estado Alemán después de la rendición en la Segunda Guerra Mundial. Somos un estado en ruinas, señalado, vapuleado. Somos pobres, de los más pobres del país, y tenemos enormes deudas. Estamos plagados de delincuentes, de malas prácticas, de corrupción. 
Con la partida de Javier Duarte los problemas de este estado no se terminan. Aún queda una pesada estructura de cómplices, de aviadores, de gente que se creyó eso de “la plenitud del pinche poder”, gente que piensa que el servicio público sirve para robar y no para servir. 
Y eso, sólo va a cambiar si la gente se interesa por lo que su gobierno hace, si los ciudadanos de verdad vigilan las prácticas gubernamentales. 
Este nuevo gobierno no es un gobierno triunfante, es un gobierno a prueba, bajo observación. Es un gobierno que va a trabajar en la emergencia y la adversidad. No podemos pensar que sólo con su mera presencia los problemas ya están solucionados, y mucho menos podemos exigirle a este nuevo gobierno que las cosas mejoren en dos años, si no hacemos un cambio radical entre todos. 
Y cuando digo todos, es todos. El empleado que se lleva hojas de papel de la oficina para las tareas de sus hijos, la empleada de intendencia que se lleva los productos de limpieza para su casa, el burócrata que condiciona los trámites a los “apoyos económicos” o regalitos que le traiga el solicitante, el oficial de tránsito que acepta mordidas y el conductor que se las da, el jefe de departamento que contrata una secretaria por su cuerpo y no por su capacidad, el director que contrata a su sobrino o a su compadre, sin saber hacer el trabajo, en vez de darle el puesto a quien sí sepa trabajar. El diputado que se cree rey o príncipe, y acepta aparte de su buen sueldo, cientos de miles de pesos al año en viáticos, comidas lujosas, gasolina, ropa, etc., y que usa a su personal de confianza para la realización de sus encargos personales en horas de trabajo; el alcalde que hace negocios con los proveedores de gobierno y declara las obras públicas al doble de precio; el periodista que basa su trabajo en las “ayudas” que le den funcionarios de gobierno, y que calla la verdad de quien mejor le paga, y vende su pluma al mejor postor. Y por último, el gobernador que cree que el estado es suyo, que se engendra en un monstruo de poder, corrupción y avaricia, que todo lo que toca lo pervierte y que vive tranquilamente en la impunidad. 
Se necesita que la gente entienda que los cambios los tenemos que hacer todos, desde el más chico hasta el más grande. Los veracruzanos ya votaron por ladrones durante muchos años, ya se desentendieron del problema el tiempo suficiente, ahora no pueden hacerse las víctimas, al menos no los que estuvieron ahí y teniendo voz no la alzaron. Ahora les toca trabajar y ajustarse los pantalones para todo lo que viene. Tenemos que hacer esto por los que no podían o nunca fueron escuchados: por los niños en la sierra, por los campesinos, por los indígenas, por los estudiantes, por los jubilados, por los desempleados, por nuestras familias. Ellos necesitan que seamos su voz y su ejemplo en esta transición que puede durar muchos años.
Ya no hay marcha atrás. Ahora sólo queda caminar para adelante y aprender las lecciones de estos doce años. Aprender a ejercer nuestros derechos democráticos y reconstruir las ruinas que el fidelato nos dejó. Las ruinas de un Estado que alguna vez fue orgullo de México por sus recursos naturales, por su gente alegre y trabajadora, por su rica cultura y sus bellas tradiciones. 
No hay que quitar el dedo del renglón. Porque esto en un mes se acaba, pero el trabajo apenas empieza. 

miércoles, 3 de agosto de 2016

Nostalgias

Abracadabra
Yuri Alejandra Cárdenas Moreno

Constantemente en redes sociales me encuentro publicaciones acerca de algunas de las cosas que solíamos hacer en los años 80’s, 90’s y que ahora, con el desarrollo tecnológico, han pasado a ser obsoletas y quedado en el olvido. Asuntos como llamar a la operadora para que nos enlazara con otra línea, no poder usar la internet mientras alguien estaba usando el teléfono en casa, rebobinar los casetes usando un lapicero, guardar los trabajos en un disquete flexible, grabar nuestros programas favoritos de la televisión en un VHS o sacar un mapa de papel para orientarnos en la calle o la carretera, entre otros, son frecuentemente mencionados por internautas que recuerdan  con nostalgia las cosas más “padres” de aquellos tiempos en los que el crepé estaba de moda en los voluminosos peinados, todos intentaban realizar el “Salto de la gruya”, y escuchaban Thriller en acetatos de vinilo (y no en el disco conmemorativo por la muerte del Rey del Pop).
No puedo decir que yo soy de esas generaciones. Mi infancia y adolescencia (lapso al cual la gente llama “sus tiempos”) transcurrió entre la segunda mitad de los noventas y la primera década de los 2000. Estos siguen siendo mis tiempos. Soy una Millenial –cosa que me hace sentir un poco fuera de órbita- viví el fin del casete y la victoria de los discos compactos, el fin absoluto de la televisión blanco y negro, y la popularización de los teléfonos celulares. Soy usuaria de un Iphone, de Facebook, de Twitter, de Instagram, de Whatsapp y de Pinterest; manejo bien las computadoras, y ya no leo los periódicos en papel, sino en sus versiones digitales. Puede decirse que aunque sí conocí muchas de las peculiaridades de las dos décadas pasadas, estas no formaron por mucho tiempo parte de mi crecimiento; entonces no las extraño, aunque las recuerde con la misma curiosa nostalgia con que los otros las recuerdan.
Sin embargo, hay dos cosas de mi infancia, de mi adolescencia que extraño todos los días, y que estoy segura que usted, amable lector, también extraña como yo:
1. No tener miedo. 
Uno de los males de las generaciones actuales es el miedo. Todo nos da miedo por razones distintas. Nos da miedo salir de casa por la inseguridad, nuestros niños ya no salen a jugar a la calle por nuestro miedo a que les pase algo. Nos dan miedo el mundo porque todo nos da cáncer: tomar el sol, comer embutidos, beber sodas, usar desodorante, usar ropa sintética, comer verduras transgénicas, maquillarnos, usar el celular. Nos da miedo confiar en la gente para cualquier negocio, trato, compromiso, hasta para mantener relaciones sentimentales, porque ya nadie es de confiar, detrás de todo puede haber un fraude. Nos da miedo el futuro, porque ya no hay trabajo para nadie, porque se va a acabar el agua del planeta, porque la violencia cada vez es mayor. Y así, vivimos con miedo, y ya quedó atrás el tiempo en el que salíamos a la calle despreocupados, comíamos bien y de todo, no sufríamos de tanta obesidad y enfermedades como la diabetes y el colesterol, saludábamos a los vecinos y todos confiaban en todos porque existía la palabra y el honor. 
2. No vivir estresado.
El estrés ha existido siempre puesto que es una condición de irritación del sistema nervioso, y claro que problemas siempre ha habido en todas las épocas y las vidas humanas. Sin embargo, hoy más que nunca somos una cultura del estrés. Las ciudades se han abarrotado de más y más personas, todos con demandas y necesidades. Todo hace falta, más caminos, más alumbrado, más servicios, más transportes, más hospitales, más viviendas, más espacio, más trabajos y más sueldo. Y cuando el gobierno no logra satisfacer todas estas necesidades –sea por ineficiencia o por corrupción- las personas se frustran y se enojan, y viven con estrés, de la noche a la mañana. Estrés que probablemente antes calmábamos con los clásicos divertimentos: actividad física, cine, lecturas, música, una mejor alimentación; y que ahora tratamos de atenuar con juegos para celular, un constante uso de las redes sociales, ingesta de comida rápida y alimentos chatarra, provocándonos problemas de salud, y más estrés y más frustración. 
Por otro lado, la paciencia es clave para eliminar el estrés, y esta sociedad de lo inmediato se ha dedicado desde hace años a dinamitar el arte de la paciencia. Antes la gente sabía esperar: al cartero, a que llegara una llamada en la caseta, un telegrama, a que se cociera un alimento en el fuego de la estufa, al día siguiente para charlar con alguien, a que se rebobinara la película en la regresadora o en la videocasetera, a que acabara una canción completa en la radio para seguir grabando en la grabadora. En fin, ahora todo es “instantáneo”, “express”, “entrega inmediata”, “listo en sólo 3 minutos”, “always on-line”, “abierto las 24 horas”, “abre fácil”, con función de “auto-play”, etc. Y la gente ya no sabe esperar, no espera ni respeta los tiempos, suyos o de los demás, generando estrés colectivo, prisa y ansiedad. De eso vivimos hoy. 
Quizá haya más cosas similares que perdimos en este devenir de los años. Pero creo que el miedo y el estrés son los dos factores que nos caracterizan a los que vivimos en este siglo, sin importar nuestra nacionalidad  o condición social. Somos adultos miedosos y ansiosos. Y eso degenera en todos los problemas que nos aquejan hoy en día. 
Si tenemos una sociedad presa del miedo, los cambios sociales son casi imposibles de realizar, porque no hay fe en el futuro y por lo tanto no se invierte trabajo y energía en mejorarlo. Si tenemos una sociedad que vive estresada, el progreso va muy lento, porque no hay personas plenas que exalten el espíritu humano a través de descubrimientos y creaciones. 
La modernidad se llevó consigo el casete, y la VHS, y tal parece que eso nos preocupa más que la tranquilidad y la confianza que nos han arrebatado todos estos avances, si es que así se les puede llamar. 
Nos dieron alas, pero nos cortaron las piernas. Y nos dieron la capacidad de acelerar el tiempo, pero nos quitaron la capacidad de disfrutarlo.