miércoles, 10 de agosto de 2011

Un vago pensamiento sobre el idioma español

Quique Nieto

Intentaba leer hace algunos días en el autobús una novela de Tolstoi, ¿cuál era? No viene al caso el título. Lo importante es por qué intentaba y no lo hacía. En el asiento de atrás dos sujetos hablaban con una voz potente, a tal grado, que creí estar entre ellos. Aclaro todo esto, para evitar que resuenen las voces malignas que dirán lo clásico: Quique es un chismoso. No, no es así, y debido a la naturaleza del tema de conversación que iban desarrollando ambos no pude despegarme de aquella plática.
Se trataba, ni más ni menos, del uso de la lengua española. Podía notarse que eran amigos, pues la empatía que demostraba el uno por la afirmación del otro y viceversa eran perturbadoras. Sí, perturbadoras. Escuché aseveraciones como “muchas personas ni saben hablar: ¿me das un vaso de agua?, no idiota el vaso es de plástico o de cristal, no de agua”. Recordé entonces, una lectura que hice al entrar a la carrera, poco tiempo, en realidad; donde decía que realmente el uso general de ciertas frases compuestas ya son aceptadas por la DRAE, como el ejemplo anterior. Esto, debido al uso común entre la gente. Otro caso común, es, precisamente el de gente y gentes. Este hallazgo me causó una sorpresa tremenda: puede ocuparse gente para referirse a un conjunto de personas donde no se encuentra una diversidad notable. Se permite utilizar gentes para referirnos, también, a un grupo de personas; pero, con una diversidad evidente. Es decir, una manifestación perredista: está llena de gente; en tanto en la cámara de diputados encontramos gentes. ¿Curioso? Sí, mucho. Pero de preferencia sigamos usando la forma en singular.
La conversación de Fulano y Sutano me pareció un punto de partida para una disertación milenaria. Ya decía Antonio Alatorre, todos tenemos un Probbo en nuestros corazoncitos. Como diría mi profesora de Historia de la lengua: es el fetichismo lingüístico. Todos nos creemos críticos de la lengua, nos sentimos filólogos. Sin embargo, los verdaderos estudiosos como lo fueron Antonio Alatorre, Menéndez Pidal, Amado Alonso y como lo es actualmente y en México Moreno de Alba, se han podido dar cuenta que no se trata de juzgar. El conocimiento que se adquiere de la lengua mediante la lengua misma es un reflejo de que ésta es mientras cumpla una función esencial, que es la de comunicar. Mientras sirva para que el circuito del habla no quede trunco y las personas lleguen a completar su comunicación es un idioma saludable. Si tuviéramos que esperar a un excelente hablante del español para tener un monumento al idioma, no hubiéramos visto nunca salir a la luz El Quijote. Tal vez pudiéramos haber leído la obra máxima de Cervantes, pero si ésa fuera la cima del idioma, estaríamos hablando de fermosas donzellas y de un Librixa como diría Juan Valdés al primer gramático de la lengua española.
Recordemos que la lengua española es un constructo, sí, como todos los demás idiomas, que está regida por una gramática pero que ello no significa el fin de nuestra libre expresión. Pero también hagamos volver a nuestra memoria que se trata de un sistema que está vivo y que se mueve junto con todos y cada uno de los hablantes. Es ahí donde es fácil recordar a Saussure hablar de la arbitrariedad del signo: Por más que nos lo propongamos no podemos cambiar la lengua, ella cambiará sola de acuerdo a los usos que gradualmente se vayan haciendo. Voy a parafrasear a Alatorre cuando dice que es igualmente hablante del mismo español el campesino más inculto que aquél que es un erudito conocedor de la filología. Pero no todo se trata de citas académicas, podemos incluso ver un monólogo del comediante español Luis Piedrahita, conocido como El Rey de las Cosas Pequeñas, quien dice que “el español es un lenguaje loable, lo hable quien lo hable”.

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